Observo tus ojos a lo lejos,
saliéndose de mis ansias,
concentrándose en tus distancias,
me muerdo los labios y sonrío,
me finjo idiota y fuerte,
piedra y lluvia transeúnte,
sin voltear te admiro,
tu desdén y melancolía
tu afán de amar al medio día
tus manos y tus besos,
porque yo estoy fría
tiesa de pensar en un futuro,
efímeras banalidades
que me envuelven de apatía
de desdén y dolor,
cuando te veo partir
se aumenta una agonía...
mi dolor
mi entera cobardía.
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento poner bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas; y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi pensamiento que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que, vencida, es despojo civil de las edades, ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades, consumir vanidades de la vida que consumir la vida en vanidades.
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